Estaba prácticamente convencido de que lo iba a conseguir y creo que la gente que estaba a mi alrededor también lo pensaba así.
Esta vez estaban todos los cabos atados y bien atados. Me fui a casa los días previos para descansar y empaparme del ambiente que se vivía entre las liebres. La planificación era descansar y mentalizarme para lo que se nos avecinaba.
Pese a no ser la primera vez, siempre hay que saber a lo que te expones, porque esta prueba no perdona a nadie y hay que saber perfectamente dónde te metes.
Mi estrategia estaba clara desde el primer momento: bajar la marca del año anterior (3 horas 33 minutos) y, de paso, conseguir hacer menos de 3 horas 30 minutos. Algo que para muchos parecerá una cosa no demasiado difícil, pero que para mí ha resultado muy complicado conseguir.
En un principio me había concienciado de que iba a hacerla solo, ya que Fernando Pérez no tenía claro si iba a correr o no, y de los demás corredores del pueblo desconocía sus pretensiones.
Para mí era el reto más importante. Ya había entrenado tiradas largas en solitario. No obstante, el 90% de mis entrenamientos los hago solo. Por lo que ya me estoy acostumbrando. Pero esto no era igual. Más de 42 km. corriendo sin acompañamiento eran algo más que un mero entreno.
Sin embargo, todo cambió cuando supe que Fernando se liaba la manta a la cabeza y se había planteado hacer la Maratón conmigo.
Al final, estos planes no durarían más de 2 km. Las ganas y la competitividad pudieron con él y mi ritmo era poco para él.
Aún así, salimos juntos de ese templo del deporte que, en estos dos últimos años, nos ha cubierto de gloria y nos ha hecho sentir omnipotentes, el Estadio de La Cartuja.
El día amaneció muy temprano (05:55) y como está marcado en mis planteamientos previos a una competición. Desayuno potente y con tiempo de sobra, para no ir apurado.
A las 06:45 estaban convocados todos los participantes fernannuñenses de la carrera. Y, después de una foto de familia, salimos en coche a Sevilla.
Mi experiencia me hacía tomarme el viaje de ida de otra forma diferente al año anterior. Los nervios no me tenían tan tenso y hasta me permitía hacer bromas con las liebres. Ya no había música motivacional ni rituales de abstracción. El trabajo de mente ya estaba hecho y había que dejarse las tensiones en casa.
Nos cambiamos en el parking y con mucho frío, pese a mi petición de hacerlo dentro del Estadio. Las prisas hicieron que nos dejáramos de debates y, helados de frío, nos despelotamos allí mismo. De perdidos al río.
Mateo y Luis están demasiado tranquilos y el tiempo apremia. Fernando y yo decidimos irnos para el Estadio ya y dejar las cosas en el guardarropa.
Voy siguiendo de cerca a Fernando, que va buscando huecos entre la multitud, para no perder mucho tiempo en estos primeros km. Vamos a buen ritmo y en poco más de dos mil metros nos ponemos a la velocidad que tenía prevista desde hace al menos un mes. Miro el Garmin para ir cogiendo el ritmo adecuado y no pasarme, ya que el comienzo es muy importante.
Vemos a lo lejos a Juan López y Fernando me dice que si los cogemos. Yo lo niego rotundamente. Le digo que no voy a cambiar mi ritmo.
Luis 'Mochi' se pone a mi altura y me enseña una herida en el brazo: "Me han tirado en la salida", me dice. Y yo no me lo podía creer. Vaya putada. Aún así, me tranquiliza y me comenta que no es nada, que no le duele. Se va, porque su carrera es otra. Cuando Fernando lo ve, aprovecha para seguir con él. Sabía que no aguantaría conmigo.
Poco después, me cruzo con Mateo y le animo efusivamente. Lo suyo sí que era una proeza, y casi lo consigue.
A partir del km. 4 comienza en serio mi carrera. Ya he cogido una buena marcha, por debajo de lo que tenía previsto incluso, pero no creo que un ritmo tan exigente como para no soportarlo.
Quería ser lo más regular posible y todo pasaba por no hacer ninguna locura. Me adelantan muchos atletas, pero esto es muy largo y, como dice el tópico, no es como empieza, sino como acaba. Y para mí, acabó mucho mejor que los que me adelantaban esos primeros kilómetros.
Me voy hidratando y alimentando según me había planificado, pero los problemas estomacales no tardan en llegar. Voy notando la sensación molesta de flato, pero no es insoportable. Me preocupa que aumente, pero no me obsesiona.
Paso por el punto intermedio de la Media Maratón mejor de lo esperado. Bastante mejor de lo esperado.
Durante ese tramo intercambiaba adelantamientos con un grupo bastante grande de atletas que llevaban buen ritmo y mejor ambiente. Se iban animando constantemente y a mí eso me servía también.
En torno al km. 25 me llevé una sorpresa bastante agradable. Entre los cientos de personas que salieron a la calle para animar y disfrutar de este evento, había un personaje, nunca mejor dicho, muy peculiar. El auténtico 'Risitas' estaba aplaudiéndonos como si la vida le fuera en ello mientras pasábamos a su altura. Aún así, quedaba mucha carrera y esa alegría que tenía iba desapareciendo por momentos, y se convertía en sufrimiento y cansancio.
Muchos atletas que han corrido una maratón hablan de padecer el famoso 'muro' que te pesa en el cuerpo como una losa y te hace plantearte, incluso, parar.
A mí me llegó en torno al km. 28 y fue bastante desagradable. Más que malestar muscular, eran problemas de respiración y gases. La sensación continua de ansia y pesadez me estaba preocupando bastante, hasta el punto de llegar a pensar en parar y vomitar para ver si podría quitarme esas sensaciones.
Este problema me afectaba a la hora de beber o comer, ya que no me apetecía nada, pero sabía que tenía que hacerlo. En estas pruebas, es necesario llevar estas cosas a rajatabla, porque puedes padecer una 'pájara' cuando menos te lo esperes.
Al llegar a la altura de un atleta veterano extranjero, tuve una carga de ánimos grandísima. Era una persona que iba pidiendo los aplausos y el apoyo del público en las calles. Yo quería hacer ver que esos ánimos eran para mí y me hacía venirme arriba.
Llegados al último tramo de la Maratón, todo eran buenas sensaciones. Mi ritmo se mantenía y las piernas respondían sin demasiados problemas.
Un gran número de atletas iban sufriendo la dureza y el desgaste de la prueba y. como se suele decir, ya eran cadáveres para mí.
En el último avituallamiento (km. 38) me tomo el gel que me quedaba, pero ya no lo necesitaba. O eso quiero pensar, aunque no me vino nada mal. Hizo que no me resultara interminable esta última parte.
Pocos metros después me viene una extraña sensación. Por una parte tristeza, al ver a Fernando Pérez, ya que me habría gustado que llegara según el ritmo que se había propuesto desde el principio; pero por otra fue de alegría. El año pasado sufrió lo indecible y terminó a duras penas. Este año, no llegaba en plena forma y aun así, terminó bastante bien y creo que debe estar muy orgulloso de su carrera. Llego a su altura y le doy ánimos, porque sé que lo va a conseguir. Mi ritmo es bastante rápido y, por un momento, le pido que apriete y se venga conmigo, pero me dice que siga, que ya está listo y que aguanta así hasta el final.
Entro en el Parque del Alamillo y me acuerdo del Duatlón de Sevilla que corrí por allí un mes antes. Evidentemente, la velocidad que llevaba en ese momento no era ni parecida a la que llevaba en dicha prueba, pero la felicidad era infinitamente superior.
Tenía el estadio a escasos dos kilómetros y lo iba a conseguir. Adelantaba a decenas de corredores entre la emoción. Mantuve las fuerzas y guardé las lágrimas para el final.
Veo andando a otro paisano y le animo a que corra, pero los calambres han hecho mella y no puede más que andar.
Me voy animando cada vez más. Ya estoy en los aledaños del Estadio y me acerco al túnel de entrada. Una vez dentro, grito emocionado, pero veo un último contratiempo. Otro compañero del pueblo está parado en el tartán y, a duras penas, puede andar. Amago con pararme y ayudarle a entrar, pero mis ganas superan a mi cabeza y sigo corriendo, después de darle mi apoyo.

Afronto los últimos metros y las lágrimas humedecen mis ojos y me emociono. Como siempre. Soy un llorón y no lo puedo reprimir. Empiezo a correr a lo largo y ancho de la pista, después de ver el cronómetro a escasos 100 metros. Esos que Usain Bolt necesita poco más de 9 segundos en recorrer y que yo tardé casi medio minuto. Pero ya poco me importaba eso. Era la persona más feliz del mundo y había vuelto a superar otro importante reto. Levanté los brazos, recordé a todas las personas que me habían animado y que tanto habían confiado en mí y grité con todas las fuerzas que me quedan.

Lo conseguí. No sólo hacer una maratón, sino hacerla solo y en menos tiempo del que yo había pronosticado. Felicidad extrema.
Por supuesto, también me alegré por todos esas liebres y corredores del pueblo que consiguieron este reto y que demostraron que en Fernán Núñez se debería apostar por las personas que practicamos y amamos el deporte.
Enhorabuena y gracias por los ánimos y felicitaciones.
Fernan.
3 comentarios:
GRADE FER, GRANDE...
neutrino
GRANDE FER, GRANDE...
Sin palabras. Chapó. Has demostrado hacer la carrera mas inteligente. Te lo merecías. Te quiero!!!
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